Saturday, January 08, 2011





¡EL ALCALDE ES UN BURRO!

Por: AARON PARODI QUIROGA

aaronparodi@hotmail.com


Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando me desperté muy agitado y gritando: ¡EL ALCALDE ES UN BURRO!, ¡EL ALCALDE ES UN BURRO! Me encontraba bastante nervioso y muy sudoroso por la pesadilla que acababa de tener. Mi esposa al verme en tal estado, trato de calmarme hasta lograrlo; me trajo un poco de agua solicitándome que le contara lo que había soñado.

Luego de algunos minutos un poco más reposado, le comencé a narrar la fatalidad de mi alucinación. Era un pueblo pequeño donde sucedieron las cosas, de gente cuyo mayor pecado era ser servicial y muy tranquila. Nos encontrábamos en época de elecciones populares de alcaldes y en medio de la plaza, un grupo reducido de personas de personalidad enrarecida, pero bastante ostentosos por el excesivo dinero que llevaban en sus baúles, daban a conocer a su candidato. Era nada más ni nada menos que un BURRO. Al principio me causo gracia y muchos de los que inadvertidamente caminaban por ese lugar no aguantaban la risa por semejante escena macondiana.

Mi preocupación vino después porque el burro comenzó a rebuznar y arrastrar pesada carreta con los baúles llenos de dinero. Los escasos guías del burro agarraban un puñado de moneda y billetes lanzándolos al público que iba pasando. En cuestión de segundo la plaza se llenó y se atiborraron las calles de curiosos al ver pasar el espécimen. Nadie preguntaba qué propuesta tenía el burro, ni les interesaba si hablaba o rebuznaba, solo valoraban aquel acto de tremenda generosidad que con su sufrido pueblo.

Otros candidatos al ver la fuerza que estaba obteniendo en la opinión pública el burro, desistieron de sus intenciones y decidieron apoyar irrestrictamente al aspirante cuadrúpedo. Pero con lo que no contaban los gestores de tan altruista proyecto, era que el burro ya tenía compañera. Era una juvenil burra. Se procedió entonces a la búsqueda de los hombres más conocedores en el manejo de imagen y glamour con el fin de venderle a los incautos votantes la imagen no de una bura, sino del rescate del animal que en otras regiones del país eran venerados por los hombre y porqué no imitar esa sana costumbre aquí. Así las cosas, Comenzaron las marchas de apoyo, a unírseles sindicatos, gremios, empresarios, estudiantes, incluso muchas mujeres lideresas tomaron como propia la causa de la burra argumentado su solidaridad con el género; en fin, el triunfo del burro era inevitable.

Era un buen burro, había que reconocerlo; digno representante de su estirpe. Sus dirigentes con sutiles toques en su costado derecho o izquierdo, hacían que el mamífero obedeciera sin chistar. Si la bestia comenzaba a rebuznar demasiado, sólo había que jalarle un poco la arrienda o darle hierba para que el sumiso animalito inmediatamente se callase. Definitivamente era la sensación del momento, muchas personas se agolpaban para observar su gris pelo y sus largas orejas. Existían afiches, camisetas y toda clase de publicidad en todo el pueblo, con el eslogan: “…Trabajando Como Burro Por El Pueblo…”. Pero no faltaba aquel extranjero que miraba con alguna mala intención a la preciosa burrita.

Le seguía contando a mi esposa que, en aquel fastidioso sueño, llegaba la época de elecciones pronosticándose un triunfo arrollador de los auspiciantes del burricus. Ese día al finalizar la jornada democrática, se comenzó el proceso de conteo de votos por parte de la Registraduría Municipal. Inmediatamente se dio a conocer su primer boletín de prensa habiendo escrutado el treinta por ciento de las mesas instaladas. Y lo dicho. El burro obtenía el ochenta porcientos de los votos, mientras que aquellos candidatos que tercamente siguieron en la contienda, sólo alcanzaban un diez por ciento; el resto fueron votos en blanco o nulos.

Cuando terminó el conteo dando como ganador al burro, no aguanté más y estalle en un interminable llanto. Recuerdo que mi respiración comenzó a fallarme, me sudaron las manos, las piernas me temblaban y comenzaba a verlo todo oscuro.

Algunos estaban escuchando la radio local a espera del pronunciamiento del alcalde electo, pero salió el jefe de protocolo y con una voz temeraria de ultratumba pidió disculpa a la muchedumbre que se encontraba en las afueras de la sede principal del partido, alegando cansancio del candidato, por lo que se limitó a leer un breve comunicado.

“…Este municipio acaba de romper la historia en dos. Se vio demostrada la voluntad del pueblo en las urnas. El pueblo quería un burro de Alcalde y eso fue lo que eligió. Desde hoy ya no se llamara al máximo gobernante de un municipio burgomaestre sino un decente BURROMAESTRE…”

El desorden fue total. Se ordenó por parte del nuevo mandatario celebrar fiestas por más de treinta días ininterrumpidos, totalmente gratis para el pueblo. Y aquellos enrarecidos dirigentes fueron nombrados sus asesores permanentes. Siempre se dudaba de aquellos Decretos porque no se sabía que el burro pudiese escribir.

Lloraba desconsoladamente, hasta que desde lo más profundo del mi ser logre sacar un grito que había retenido: ¡EL ALCADE ES UN BURRO¡ ¡EL ALCALDE ES UN BURRO! En ese momento desperté angustiado escuchando la melodiosa voz de mi esposa diciéndome: tranquilo, tranquilo, Solo fue una horrible pesadilla.

Nota: cualquier parecido con la realidad, créanme que es pura y total coincidencia. Los personajes y escenarios acá citados son producto de un indeseado sueño, por lo tanto evítense la molestia de demandarme por injuria o calumnia.

Ipiales, 3 de enero de 2011, 3:36 am

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